La mafia uniformada / Señor ministerial, policía, ya no me asalte, por favor
Ainer González
Las instituciones no son las culpables, sino aquellos personajes grises y mediocres que las representan y las corrompen.
Cero corrupción, cero impunidad. Así se leen y escuchan los espectaculares y eslóganes del gobierno de Chiapas. Campañas de promesas rotuladas en bardas y mantas que, al parecer, no han logrado erradicar el oportunismo, el abuso de autoridad ni la constante violación al Estado de derecho. Tampoco han sido suficientes para frenar a quienes se burlan de las leyes que dicen proteger.
Las reglas —se dice— están para romperse, pero también para mejorarse. Hoy, Chiapas vive un momento oscuro en sus instituciones. La Fiscalía General del Estado (FGE) y la Policía Estatal se han convertido en un espejo fisurado del poder, en el que se refleja la complicidad con el crimen (delincuencia organizada) y la prostitución del servicio público. Estos funcionarios se venden al mejor postor, sea la política o el narco.
Menos de cien días de una supuesta calma bastaron para que los agentes ministeriales y policiales volvieran a sus viejas mañas. Este fin de semana, una nueva denuncia los exhibió: en Ocozocoautla, una mujer encaró a un grupo de ministeriales de la FGE a quienes acusa directamente de haberle robado su motocicleta. Los señala sin rodeos, identifica a los presuntos delincuentes que viajaban en una camioneta blanca, polarizada y sin placas. Pese a identificarlos y enfrentarlos, la sonrisa de la impunidad no se borró de los rostros —ni de las carteras— de los servidores de la justicia.
Mientras tanto, los uniformados —aquellos que deberían encarnar el orden— han caído en un estado de mediocridad tan profundo que, sin importar quién seas, te amagan, te extorsionan, te asaltan. El arma y la placa se han vuelto licencia para robar. En Tuxtla Gutiérrez, lo mismo da si son estatales o municipales: todos bailan la misma danza de la mordida, con el mismo ritmo de la charola y la pistola.
En Chiapas, la ley sigue viva, sí. Pero no como justicia, sino como verdugo. Quien diga que la ley está muerta es porque no ha sido víctima del asalto de aquellos que, con placa al pecho, se erigen como guardianes del orden, cuando en realidad son parte del mismo crimen

