El billete de Jackson y la sangre Cherokee: cuando el Estado llamó progreso a la expulsión
La imagen de Andrew Jackson en el billete de 20 dólares contrasta con una de las mayores atrocidades de la historia estadounidense: la remoción forzada del pueblo Cherokee, legalizada por el Congreso y justificada como civilización, un antecedente que explica cómo el poder puede normalizar la crueldad
Arnulfo Chuayffet
Tuxtla Gutiérrez (Ch24/7). Durante más de un siglo, el rostro de Andrew Jackson figuró en el billete de 20 dólares. Fue también el presidente que ejecutó una de las expulsiones forzadas más mortales de la historia del país, con la aprobación del Congreso de los Estados Unidos.
En 1830 firmó el Acta de Remoción India, una ley que violó nueve tratados federales. Entre los pueblos afectados estaban los Cherokee, una nación con constitución escrita, tribunales, periódico propio en su idioma y comunidades agrícolas prósperas en Georgia. Todo fue ignorado cuando se descubrió oro en sus tierras.
En mayo de 1838, el general Winfield Scott encabezó a siete mil soldados que irrumpieron en hogares Cherokee. Familias fueron expulsadas sin permitirles llevar pertenencias. Se les obligó a caminar más de 2 mil 200 kilómetros hasta Oklahoma, en pleno invierno de 1838-1839, sin comida suficiente, refugio ni medicinas.
Los registros militares documentan la muerte de unas 15 mil personas durante la marcha; el 60% eran niños y ancianos. Testimonios describen ejecuciones a quienes no podían seguir y madres cargando a sus hijos muertos por kilómetros ante la falta de tiempo para enterrarlos.
Tras la tragedia, el gobierno confiscó 25 millones de acres de tierra Cherokee y los subastó a colonos blancos por 1.25 dólares el acre. Jackson llamó a esto el avance de la civilización; el Congreso y la prensa lo celebraron como progreso. Así, Estados Unidos convirtió el genocidio en política pública bajo un lenguaje administrativo.
Dos siglos después, ese pasado recuerda cómo la deshumanización, cuando se normaliza desde el poder, puede repetirse con nuevos discursos y protagonistas. La historia no se copia, pero rima.

