Políticamente Incorrecto / Los cambios tardíos de Angel Torres, cuando la soberbia se viste de estrategia

𝗝𝗮𝘃𝗶𝗲𝗿 Opón

Ayer, el desangelado alcalde de Tuxtla, Ángel Torres Culebro, hizo dos movimientos en su gabinete. Cambios que, para cualquier gobierno con un mínimo de autocrítica, deberían haberse dado en el primer semestre de su administración. Cambios que muchos —desde regidores hasta ciudadanos de a pie— pedían a gritos desde hace mucho. Pero don Ángel, tozudo como él solo, decidió no escuchar. La soberbia le nubló los ojos. El ego le cerró los oídos. Y ahora, cuando por fin reacciona, lo hace con el tiempo encima y la oportunidad escapándosele entre los dedos.

𝗡𝗼 𝗲𝘀 𝗰𝗮𝘀𝘂𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝘀𝘁𝗼𝘀 𝗺𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀 𝗹𝗹𝗲𝗴𝘂𝗲𝗻 𝗷𝘂𝘀𝘁𝗼 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝘁𝗮𝗯𝗹𝗲𝗿𝗼 𝗽𝗼𝗹íti𝗰𝗼 𝘀𝗲 𝗿𝗲𝗰𝗼𝗻𝗳𝗶𝗴𝘂𝗿ó. 𝗛𝗼𝘆, 𝘁𝗿𝗮𝘀 𝗲𝗹 𝗮𝗻𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗺𝗼𝘃𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗱𝗶𝗿𝗶𝗴𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗲 𝗠𝗼𝗿𝗲𝗻𝗮 —𝗰𝗼𝗻 𝗹𝗮 𝗹𝗹𝗲𝗴𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗖𝗶𝘁𝗹𝗮𝗹𝗶 𝗛𝗲𝗿𝗻á𝗻𝗱𝗲𝘇 𝗮 𝗹𝗮 𝗖𝗼𝗺𝗶𝘀𝗶ó𝗻 𝗡𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹 𝗱𝗲 𝗘𝗹𝗲𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀—, 𝗹𝗮 𝘁𝗮𝗻 𝗮𝗻𝘀𝗶𝗮𝗱𝗮 𝗿𝗲𝗲𝗹𝗲𝗰𝗰𝗶ó𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗧𝗼𝗿𝗿𝗲𝘀 𝗼𝗹𝗳𝗮𝘁𝗲𝗮𝗯𝗮 𝘀𝗲 𝗹𝗲 𝗲𝘀𝗳𝘂𝗺𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗲𝗹 𝗮𝗴𝘂𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝘀𝘂𝗽𝗼 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗶𝗼𝗻𝗮𝗿. 𝗣𝗼𝗿𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗻 𝗽𝗼𝗹í𝘁𝗶𝗰𝗮, 𝗹𝗼𝘀 𝘁𝗶𝗲𝗺𝗽𝗼𝘀 𝗹𝗼 𝘀𝗼𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼. A𝗻𝗴𝗲𝗹 𝗧𝗼𝗿𝗿𝗲𝘀 𝗵𝗮 𝗱𝗲𝗺𝗼𝘀𝘁𝗿𝗮𝗱𝗼, 𝘂𝗻𝗮 𝘆 𝗼𝘁𝗿𝗮 𝘃𝗲𝘇, 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝘀𝗮𝗯𝗲 𝗹𝗲𝗲𝗿 𝗲𝗹 𝗿𝗲𝗹𝗼𝗷.

La reelección que se fue por la tubería

El alcalde tuxtleco soñaba con repetir mandato. Lo decía en privado, lo insinuaba en público, lo trabajaba con su círculo. Pero los sueños, cuando no se construyen sobre estrategia y resultados, se convierten en espejismos. Y el espejismo de Torres se disolvió en el aire. Ya no hay espacio para su reelección. La dirigencia nacional de Morena movió las fichas, y él, atrapado en su soberbia, no alcanzó a jugar.

𝗦𝗶 𝗮𝗰𝗮𝘀𝗼, 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗽𝗿𝗲𝗺𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗼𝗹𝗮𝗰𝗶ó𝗻, 𝗽𝗼𝗱𝗿ía 𝗯𝘂𝘀𝗰𝗮𝗿 𝘂𝗻𝗮 𝗱𝗶𝗽𝘂𝘁𝗮𝗰𝗶ón. 𝗨𝗻𝗮 𝗰𝘂𝗿𝘂𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗲 𝗽𝗲𝗿𝗺𝗶𝘁𝗮 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗶𝗿 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗽𝗼𝗹í𝘁𝗶𝗰𝗮, 𝗮𝘂𝗻𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲𝗮 𝗱𝗲𝘀𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝘁𝗿𝗶𝗻𝗰𝗵𝗲𝗿𝗮 𝗺á𝘀 𝗺𝗼𝗱𝗲𝘀𝘁𝗮. 𝗣𝗲𝗿𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗲𝘀𝗼, 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗿í𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗺𝗽𝗲𝘇𝗮𝗿 𝗮 𝗰𝗼𝗿𝗿𝗲𝗴𝗶𝗿 𝗲𝗿𝗿𝗼𝗿𝗲𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗹𝗲𝘃𝗮 𝗺á𝘀 𝗱𝗲 𝘂𝗻 añ𝗼 𝗮𝗿𝗿𝗮𝘀𝘁𝗿𝗮𝗻𝗱𝗼. 𝗬 𝗲𝗹 𝗽𝗿𝗶𝗺𝗲𝗿𝗼, 𝘂𝗿𝗴𝗲𝗻𝘁𝗲, 𝗽𝗮𝘀𝗮 𝗽𝗼𝗿 𝗹𝗮 𝘀𝗲ñ𝗼𝗿𝗮 𝗕𝗿𝗲𝗻𝗱𝗮 𝗠𝗮𝘇𝗮, 𝘀𝘂 𝗲𝗻𝗰𝗮𝗿𝗴𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗰𝗼𝗺𝘂𝗻𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹.

Brenda Maza no es solo una mala directora de comunicación. Es un problema estructural. Se ha encargado de crear páginas “informativas” —entre muchas comillas— para embolsarse el recurso destinado al pago de publicidad institucional. Es decir, se ha robado el dinero de los tuxtlecos con la misma naturalidad con la que otros respiran. Y además, maneja una relación pésima con los medios de comunicación. La señora los voltea a ver como si ella no pisara el mismo suelo, como si los periodistas fuéramos ciudadanos de segunda, como si su puesto la hiciera inmune a la crítica.

Con una jefa de comunicación así, cualquier aspiración política de Torres está condenada al fracaso. Porque en política, la imagen no lo es todo, pero sin una buena imagen, no hay nada. Y la imagen de este gobierno está en el suelo gracias, en gran medida, a la gestión de una funcionaria que confunde la comunicación con el despotismo.

Si Ángel Torres aspira a esa candidatura de consolación —la diputación que le permita seguir en la mesa—, le urge construir una nueva relación con los líderes de opinión. Y eso empieza por sacar a Brenda Maza del cargo. No hoy, sino ayer. No con cambios cosméticos, sino con una decisión firme.

Los cambios en el gabinete llegaron tarde. Muy tarde. Tanto que probablemente ya no alcancen para revertir la percepción ciudadana, ni para reposicionar a un alcalde que pasó de la esperanza a la indiferencia en menos de dos años. La soberbia de Torres le costó cara, le costó la reelección, le costó la confianza, le está costando el futuro político.

Ahora, solo le queda aprender la lección. Aunque, viendo su historial, dudo que lo haga. Porque la soberbia, cuando se vuelve hábito, difícilmente se abandona. Y Ángel Torres, me temo, ya hizo de la soberbia su forma de gobernar.

Al tiempo.

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