Políticamente Incorrecto / La guerra intestinal por Tuxtla: cuando la política pierde su razón de ser

Javier Opón

Qué bello espectáculo nos regaló este fin de semana nuestra gloriosa clase política local. Mientras los tuxtlecos —esa gente rara que insiste en tener agua en sus casas— enfrentaban otra jornada de sed, la rapaz clase política local desató una guerra campal cuyo único objetivo es tomar como rehén la capital chiapaneca y su erario. Queda al descubierto, una vez más, que la política ha dejado de cumplir su fin máximo —el servicio a los demás— para convertirse en el camino más corto hacia la riqueza. No importa la gente. No importa el agua. No importa la ciudad. Importa la candidatura, el contrato, el botín.

Este sábado, desde muy temprano, el diputado “tómbola” Guillermo Rafael Santiago —a quien llamaré, con todo el peso del ridículo, Memito— corrió a atajar la llegada del vicecoordinador de la bancada morenista, Alfonso Ramírez Cuéllar, al aeropuerto Ángel Albino Corzo. ¿El objetivo? Montar un escenario de ficción donde el supuesto respaldo a su candidatura para la alcaldía tuxtleca fuera la protagonista. Una puesta en escena que cayó en descrédito con la misma rapidez con la que fue montada. Fue su debut y su despedida. Dos horas tardó el castillo de naipes en derrumbarse.

Al sentirse perdido, Memito hizo lo que todo oportunista sin brújula, corrió a buscar cobijo bajo la sombra del Jaguar. Ese mismo Jaguar con el que, según sus propias declaraciones, no iría ni a la esquina. Reza un viejo refrán: “el que escupe para arriba, en la cara le cae”. Y eso fue exactamente lo que le sucedió al enano mental de Memito Santiago —así, en diminutivo, como su presencia política en Tuxtla. El espaldarazo que anunció con bombo y platillo nunca llegó. Y aunque quiso espantar con el petate del muerto subiendo una foto con el gobernador para hacer creer que contaba con su respaldo, no le funcionó. Terminó el sábado como perro apaleado, con la cola entre las patas.

Mientras Memito buscaba desesperadamente la atención del gobernador, Carlos Orsoe Morales Vázquez —exalcalde tuxtleco y aspirante perpetuo— se tomaba la foto con una sonrisa de oreja a oreja al lado del vicecoordinador Alfonso Ramírez Cuéllar en un evento de medio pelo. Organizado por el codicioso ex presidente municipal y su séquito de aduladores —donde destacaron la diputada local Marcela Castillo Atristán y el regidor tuxtleco Miguel Ángel Zárate Izquierdo—, el acto fue el inicio de un hándicap con pronóstico desfavorable. Porque a Carlos Morales se le olvidan las formas. En su arrogancia, intenta demostrar que lo que diga el dueño del tablero no le importa, pues sus relaciones —cree— son directas con el centro del país. Una estrategia que podría provocarle un traspié a él y a todo su equipo en este juego adelantado que inició sin el consentimiento del dueño de la pelota.

Un proverbio antiguo lo advierte “La soberbia precede al fracaso; la arrogancia anticipa la caída”. En la carrera desbocada por la alcaldía tuxtleca, no siempre el que sale primero llega a la meta. Lo visto en el evento de Morales Vázquez deja al descubierto su ambición desmedida y la locura por el dinero de un político chiapaneco que perdió de vista la verdadera finalidad de la política.

𝗘𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝘀𝗲 𝗿𝗲𝗰𝘂𝗽𝗲𝗿𝗮.

El que no logra recuperarse de las consecuencias de sus malas decisiones, ni desaturdirse del canto de las sirenas, es el desangelado alcalde tuxtleco, Ángel Torres Culebro. Tras seguir las pésimas estrategias de sus asesores —aquellos que le sugirieron dejar sin agua a la ciudad para luego aparecer como héroe—, el plan le explotó en la cara. La desesperación lo ha llevado a tomar más malas decisiones. Y es que la soberbia y la ambición son características constantes en los actores políticos que buscan perpetuarse en el poder.

Su más reciente ocurrencia anunciar un programa de descuentos en los recibos de agua del 35 al 70 %, aplicable en mayo y junio. La pregunta es incómoda y necesaria, si el desabasto fue a finales de marzo y principios de abril, ¿por qué el descuento no se refleja en el recibo de abril? ¿Acaso apuestan a la desmemoria colectiva? ¿Acaso creen que los tuxtlecos no vamos a notar que nos están cobrando igual por un servicio que no recibimos?

Esta maniobra no es más que un acto de desesperado ante una imagen de incompetencia y complicidad que ya era frágil y que ahora quedó hecha trizas. El pecado es el mismo: soberbia y desprecio por el pueblo tuxtleco. Ese desprecio que, si tuviéramos memoria colectiva organizada, deberíamos cobrarle en las urnas. Aunque tengo la certeza de que ni siquiera va a aparecer en las boletas. A los estólidos como Ángel Torres, ni perdón ni olvido.

El vacío del liderazgo.

No hay lugar a dudas de que estos tres personajes —Memito, Morales y Torres— comparten la soberbia, la estulticia y la ambición como filosofía de vida. Han corrompido la política a tal grado que olvidaron su razón de ser: servir a los otros. Hoy, los tuxtlecos sufrimos no solo la falta de agua, sino la ausencia de políticos que estén a la altura del momento histórico. Mientras ellos se pelean por la candidatura, la ciudad se desmorona. Mientras ellos montan escenarios de ficción, las tuberías siguen rotas. Mientras ellos se toman fotos con supuestos respaldos, la gente sigue comprando pipas con el dinero que no le alcanza.

La guerra intestina por Tuxtla no es una lucha por mejorar la ciudad. Es una lucha por el botín. Y mientras ellos se disputan el territorio, los ciudadanos quedamos atrapados en medio, esperando que alguien, por fin, recuerde para qué sirve la política.

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