Políticamente Incorrecto / La jodidencia: el arte de simular que vienes del barrio mientras vives en el penthouse

Javier Opón

Hoy los nepobebés se han inventado historias al más puro estilo de los narcocorridos. Relatan los “sufrimientos” que padecieron en su infancia, los sacrificios para pagar sus estudios, las jornadas extenuantes de trabajo. Historias que me llaman la atención, porque ninguno de ellos puede demostrar lo que cuenta. Al menos no como lo imaginamos los más de 60 millones de mexicanos que vivimos en pobreza y pobreza extrema. Porque una cosa es levantarse a las 5 de la mañana para ir a la fábrica o al campo, y otra muy distinta es hacerlo para jugar golf.

El caso más célebre —y más caricaturesco— es el del gobernador de Nuevo León, Samuel García. Se hizo famoso por contar los “sacrificios” de madrugar los sábados para ir a jugar golf con su padre, después de una noche de fiesta. Su padre le pagaba 50 mil pesos por asistir. Cincuenta mil pesos. Esa es su idea de “sufrimiento” y “cultura del esfuerzo”. Con esa lógica, cualquier hijo de empresario que herede una fortuna es un héroe de la clase trabajadora. Pero Samuel no es el único. Estas historias abundan en la política mexicana, sin importar siglas, género o geografía. Son el nuevo manual del político que busca conectar con los jodidos, sin haber pisado nunca el barro.

La “jodidencia” —término que combina jodido y presidencia, o más bien, jodido y decadencia— es una estrategia de marketing electoral que lleva al menos cuatro décadas perfeccionándose. Su base es el populismo clásico, el discurso de “el pueblo contra la oligarquía”. Pero la versión contemporánea es más teatral, más cínica y, paradójicamente, más efectiva. El político suele ser de clase media-alta o élite, pero actúa como si hubiera nacido en una colonia popular. Usa pulseras, consignas de lucha, gestos vulgares para simular autenticidad. Cambió el traje por el pants y las guayaberas por playeras estampadas. Abandonó su lenguaje fresa para hablar como “la gente común”. Lo refinado ya no es bandera de superioridad; ahora el estandarte es el vulgo.

La estrategia funciona porque el nicho de votantes más grande en México son los pobres, los de bajos ingresos. Y estos políticos han aprendido que no necesitan resolver la pobreza, solo necesitan aparentar que la entienden. Por eso se bajan del auto blindado en un barrio marginal, se quitan el saco, se arremangan la camisa y abrazan a la gente. La foto es perfecta. La historia, conmovedora. El problema, evidente; mientras ellos hablan de “los pobres” como si fueran uno más, sus hijos estudian en colegios privados que cuestan lo que un ciudadano gana en medio año. Nunca han tomado un colectivo —solo para la foto— ni han hecho cola en un hospital público. Pero tienen frases hechas: “yo sí sé lo que es pasar hambre”. Su fortuna personal, por supuesto, está en paraísos fiscales.

¿Por qué funciona este modelo identitario? Porque la desconexión entre la clase política y el pueblo es tan profunda que cualquier intento de acercamiento, por falso que sea, resulta atractivo para el electorado más necesitado. El pobre quiere creer que alguien desde el poder entiende su dolor. Y el político, en lugar de proponer políticas estructurales que ataquen las causas de la pobreza, se limita a representar el dolor. Es un teatro de la compasión. Mientras tanto, las reformas redistributivas se quedan en discursos, los subsidios masivos se convierten en clientelismo, y la pobreza no solo no se reduce, sino que se perpetúa como caldo de cultivo electoral.

La jodidencia es peligrosa porque coloniza simbólicamente la experiencia de la pobreza. No busca resolverla, busca administrarla. Necesita pobres para existir. Por eso sus medidas son focales y mediáticas, no estructurales. Por eso el político que más abraza al pueblo es el mismo que vota en contra de aumentar el salario mínimo o de fiscalizar a las grandes empresas. Porque el héroe del pueblo, en el fondo, no quiere que el pueblo deje de necesitarlo.

Chiapas, tierra de contrastes y de pobreza estructural, es el escenario perfecto para esta farsa. Aquí abundan los políticos que se visten de campesinos en campaña y se suben a sus camionetas blindadas al terminar el mitin. Aquí escuchamos historias de “sacrificios” que no resisten el mínimo análisis. Y aquí, como en el resto del país, la jodidencia se ha convertido en el método favorito para conectar con la gente pobre. No a través de resultados, sino a través de la simulación.

Ojalá algún día los electores aprendamos a distinguir entre quien vive la pobreza y quien solo la actúa. Ojalá dejemos de aplaudir a los políticos que bajan de su camioneta de lujo para tomarse una foto en un mercado. Ojalá entendamos que la verdadera cercanía no se demuestra con abrazos en campaña, sino con políticas públicas que saquen a los jodidos de su condición.

Mientras tanto, los Samuel García del país seguirán contando sus anécdotas de golf, y los votantes seguirán creyendo que esos sacrificios son como los suyos. La jodidencia, en suma, es el triunfo del teatro sobre la realidad. Y los únicos que aplauden, son los mismos que siempre pagan el precio.

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