Políticamente Incorrecto / Ángel Torres: el ilusionista del concreto

Javier Opón

Hay políticos que piensan que repitiendo una mentira mil veces se hará realidad. Como por arte de magia Angel Torres, el alcalde “desangelado” de Tuxtla Gutiérrez, es uno de esos ilusionistas de pacotilla que confunden la política con un acto de prestidigitación. su acto estrella se llama “Calles Felices”. Lo repite hasta el cansancio en cada entrevista, en cada spot, en cada publicación patrocinada. Pero la realidad, tozuda como es, le grita en la cara ¡concreto! ¡Concreto! ¡Concreto!

Porque resulta que poner concreto a diestra y siniestra no pacifica las calles. No crea felicidad. Lo único que logra es privilegiar al automóvil sobre el peatón, al vehículo particular sobre el espacio público, a la obra vistosa sobre la solución de fondo. Pero eso, al parecer, el “desangelado” alcalde no lo entiende. O no le conviene entenderlo.

𝗘𝗹 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗻𝗱𝗼 𝗽𝗶𝘀𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗳𝘂𝗲

Los hechos recientes lo dejaron claro. A toda costa intentó imponer el segundo piso sobre el periférico, sin importarle el daño ambiental que causaría a los emblemáticos parques Joyo Mayu, Centenario Tuchtlan y Caña Hueca. ¿Qué le importaba a él el pulmón de la ciudad? ¿Qué le importaban las áreas verdes, la calidad del aire, el bienestar colectivo?

Lo que le importaba al entonces secretario de Obras Públicas era el jugoso moche. La comisión. El contrato inflado. La obra faraónica que deja billetes en los bolsillos equivocados mientras la ciudadanía se queda con el daño.

La ciudadanía, afortunadamente, lo impidió. Organizada, vigilante, echó abajo ese proyecto que privilegiaba el concreto sobre la vida. Pero la lección parece no haber calado. Porque hoy, el “desangelado” alcalde sigue empeñado en demostrar que no sabe —o no quiere— diferenciar entre felicidad, bienestar y cemento.

Señor Torres, bien le vendría consultar un diccionario. O googlear, que es más rápido. Porque confundir esas tres palabras es, cuando menos, preocupante en alguien que gobierna una ciudad.

¿Calles felices? Hablemos de la última semana. Tres hechos reportados por medios locales, tres ciudadanos heridos con armas punzocortantes en pleno centro de Tuxtla:

· En av. Central y 3ª poniente, un hombre con una herida en la mejilla.
· En 1ª poniente y 4ª sur, un masculino asaltado y herido con navaja en un costado.
· En 2ª poniente y 8ª sur, otro hombre apuñalado en las costillas.

¿Son estas las calles felices que pregona el alcalde? ¿Esta es la felicidad urbana que vende en sus spots? Porque si la felicidad es que te asalten y te hieran a la luz del día en pleno centro, la verdad es que los tuxtlecos preferimos ser infelices, pero vivos y sanos.

El problema no es la inseguridad en sí misma —que lo es—, sino la negación de la misma. La burbuja en la que vive este ilusionista, convencido de que repitiendo “calles felices” las calles mágicamente se volverán seguras. Pero la magia no existe en política. O existe, pero es la magia negra de quienes esconden la basura debajo de la alfombra mientras la ciudad se pudre.

Lo peor que puede hacer alguien que se dice político es encerrarse en una burbuja. O peor aún, permitir que su equipo lo encierre en una. Eso, exactamente eso, es lo que le ha pasado a Angel Torres.

Rodeado de asesores que solo le dicen lo que quiere escuchar, de colaboradores que le ocultan la realidad, de lambiscones que le aplauden cualquier ocurrencia, el “desangelado” alcalde ha perdido todo contacto con la ciudad que dice gobernar.

Y así, encerrado en su burbuja de concreto y mentiras, suspira por la reelección. Sueña con repetir mandato. Pero eso, señor Torres, no va a suceder en ninguno de los posibles escenarios futuros.

Porque la reelección no se construye con spots, sino con resultados. No se gana con ocurrencias, sino con trabajo de fondo. No se consigue engañando, sino gobernando. Y usted, lo quieran o no reconocer sus aduladores, no ha gobernado. Ha simulado. Ha pavimentado, ha inaugurado, Pero gobernar, lo que se dice gobernar, no ha gobernado.

Si en verdad sueña con seguir jugando al político —porque lo de “ser” político le queda grande—, bien le vendría romper el cerco de sus allegados. Salir de la burbuja. Escuchar opiniones reales, no las que sus asesores filtran. Caminar la ciudad sin custodia, sin el séquito de fotógrafos, sin el guion ensayado.

Escuchar al ciudadano que fue asaltado en el centro. Escuchar a la madre que teme por sus hijos. Escuchar al comerciante que ya no puede trabajar porque el ambulantaje —el espacio público vendido por su propio director de política fiscal— le tapó la entrada.

Escuchar, en fin, a los tuxtlecos. Esos que pagan impuestos, que sufren las fugas de agua, que padecen la inseguridad, que ven cómo su ciudad se deteriora mientras el alcalde hace malabares con el concreto.

Pero para escuchar hay que tener humildad. Y la humildad, señor Torres, no se consigue en la misma tienda donde compra sus eslóganes.

Al tiempo

El ilusionista seguirá haciendo sus trucos. Seguirá pavimentando, inaugurando, repitiendo “calles felices” como un mantra. Pero el público —esos tuxtlecos, esos que usted ignora— ya le vieron el truco.

Y en política, cuando el público descubre al ilusionista, el show se acaba. Solo es cuestión de tiempo.

Ya Falta menos.

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