(FOTORREPORTAJE) La tribuna que se convirtió en vivienda

Carlos Díaz Vázquez

 

Las primeras palabras que exclamó fueron: Feliz Día de las Madres. Quizá se trataba de una manera cortés de dar la bienvenida a su nuevo hogar: la calle.

 

La señora, de expresión humilde, quien segundos antes había salido de entre unas colchas tendidas sobre las tribunas de una cancha de fútbol, se dirigió a una joven con esas palabras que motivan a cualquier madre a continuar en la lucha diaria por sus hijos.

―No, señora, aún no tengo hijos ―respondió la joven, quien acudió hasta ese lugar, a la orilla de la reserva del Cañón del Sumidero, donde un día antes un grupo de elementos policiacos y personal de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente llegó a desalojar a un grupo de invasores.

Se llama Florinda de León Pérez , es viuda, su esposo murió hace dos años y junto con sus siete hijos, desde el día del desalojo, duermen debajo de esas escaleras metálicas, hacinados y con la desesperanza de no tener un hogar donde hacer familia.

Alrededor de la tribuna, Florinda colocó todas sus pertenencias que consisten en no más de diez trastos, una colchas y un pilón de madera vieja. La cancha con pasto sintético, se ubica justo en los límites de la poligonal del Cañón del Sumidero, fue inaugurada en 2016 por el gobernador en turno, Manuel Velasco Coello.

La tribuna que se convirtió en vivienda. Foto: Carlos Díaz Vázquez

En su ojos se puede notar la desesperación, no por ella sino por su hija, de 22 años de edad, quien padece diabetes desde pequeña. La salud de su niña, como ella le dice, ha menguado desde hace dos años, ahora no puede ver; los efectos de esa enfermedad crónica degenerativa le ha ido apagando poco a poco la vista y la movilidad de su cuerpo.

Para que la niña pudiera dormir tranquila, si es que esa expresión cabe en estos momentos de angustia, Florina le preparó exclusivamente uno de los tablones que sirven de banca de esa tribuna como su recámara. Durante la charla, la niña permaneció inmóvil, solamente gesticulaba algunos movimientos con la boca, por el arroz que vecinos le llevaron para que desayunara.

En medio de los pilones de madera y lonas hay una raída silla de ruedas, que paradójicamente el DIF les otorgó hace un año para que se desplazara con mayor facilidad en su vivienda construida sobre pilones de tierra y piedras. Desplazarse sobre los callejones era imposible.

La tribuna que se convirtió en vivienda. Foto: Carlos Díaz Vázquez

―Nosotros (refiriéndose a ella y a sus hijos) entramos hace un año. Sabíamos que estábamos en una parte de la reserva pero tuvimos que hacerlo porque no teníamos dónde vivir. Con mi hija enferma realmente no nos ajusta el dinero para comprar una buena casa, mis hijos trabajan pero no nos ajusta, todo se va en medicamento.

A un costado de los rimeros de madera y trastos, tres piedras fueron colocadas a manera de un improvisado fogón, donde Florinda hizo una fogata para preparar el café y el desayuno.

Florinda se lleva la mano a la cabeza y se interroga a dónde irá a parar sin hogar. Ya no regresará a la casa de su hermana donde vivía, igual hacinados, antes de llegar a esa invasión. Ahí ya no le quieren dar espacio.

La tribuna que se convirtió en vivienda. Foto: Carlos Díaz Vázquez

―Si las autoridades nos ayudaran para que pudiéramos tener una casita digna, donde sea, sería muy feliz; quiero que mi niña tenga donde vivir tranquila, porque cada día se me enferma más.

Mientras platica la situación que ha pasado en los últimos dos días, sus hijos se apuran a recoger las lonas y los pocos madera que quedaron un día antes, durante el desalojo en esa reserva.

En el sitio donde se ubicaba la casa de Florinda, solamente quedan regados objetos personales de ella y sus hijos. Un gran oso de peluche polvoriento forma parte de la escena del desalojo. En esa área de unas 20 hectáreas que comprende el predio Los Limones se aprecia más espacios como ese, en los que quedaron olvidadas camas, roperos, sillones viejos, bolsas de plástico, juguetes y otras pertenencias.

Al igual que Florinda, unas cinco familias padecen la misma situación, no tienen a dónde ir. Ese lugar era único patrimonio que tenían sabiendo que se encontraban en un lugar que pertenecía al parque Cañón del Sumidero.

La tribuna que se convirtió en vivienda. Foto: Carlos Díaz Vázquez

Aseguran no pertenecer a la organización Mocri, no tienen líder; al último que los timó lo corrieron. Ahora, Jesús Díaz, un señor de unos 80 años, es quien se ha armado de valor para representarlos. Con sus pocas fuerzas, pero con una voluntad enorme, acudirá a las dependencias que sean posible para que los escuchen.

Piden el apoyo gubernamental para tener donde vivir, ellos están dispuestos a pagar el espacio que les otorguen.

Aseguran que la mayoría de los desalojados que lograron sacar sus pertenencias a otro sitio, tenían casas en otro lugar. En cambio, ellos no tienen a dónde ir, por lo que optaron por amontonar sus pertenencias a las orillas de la poligonal de esa área natural protegida y dormir a la intemperie.

Ellos pueden pasar la noche así, aseguran, pero les causa desesperanza ver a la niña de Florinda pasar la noche y el resto del día sobre esa dura plancha de metal.

Fotografía de portada: Carlos Díaz Vázquez

La tribuna que se convirtió en vivienda. Foto: Carlos Díaz Vázquez
La tribuna que se convirtió en vivienda. Foto: Carlos Díaz Vázquez
La tribuna que se convirtió en vivienda. Foto: Carlos Díaz Vázquez
La tribuna que se convirtió en vivienda. Foto: Carlos Díaz Vázquez
La tribuna que se convirtió en vivienda. Foto: Carlos Díaz Vázquez
La tribuna que se convirtió en vivienda. Foto: Carlos Díaz Vázquez
La tribuna que se convirtió en vivienda. Foto: Carlos Díaz Vázquez

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